Desde hace tiempo pienso que el mejor invento del mundo ha sido el temporizador del despertador, ese que te permite dormir 10 minutos mas. Suena y casi sin salir de las garras de Morfeo das al botón y abrazas las sabanas de nuevo con más ansia, con más constancia y con más deseo de soñar.
Recuerdo cuando era niño (que no significa que ahora sea niña sino que he vivido un poco mas) y el despertador no había a aterrizado en mi existencia aun, en esa época eran las madre las que primeramente con esa voz dulce, que solo una madre puede poner y que es antesala de la calma que precede al huracán, decía; << - vamos arriba que hay que ir al colegio >> Tu pedías un poquito mas como le haces al botón de tu sutil despertador y ese era el preciso momento en el que se desataba la tormenta, tan solo tres minutos después una voz estridente que nunca creías que podría salir de la cuerdas vocales de tu madre celestial te gritaba desde la cocina. << -Levántate ya que pierdes el autobús>>. Siempre me levantaba aturdido.
Hoy ya he apretado el botón 2 veces, llevo unos días con una pereza especial dicen que es el calor pero yo se que no.
Siempre me gusta levantarme con tiempo de sobra, pasear hasta la ducha como alma en pena saboreando un Actimel muy frío y disfrutar relajadamente del agua cayéndome por la cabeza. Después lentillas y afeitado. Me visto, miro no dejarme nada y emprendo rumbo al metro paseando despacio. No hay prisa, hay tiempo y no quiero empezar a correr hasta que no me siente en la oficina de nuevo.
En agosto el metro pierde afluencia, las venas de Madrid se paralizan un poco y el goteo constante y metálico de los tornos pasa a ser un sonido recurrente para mirar a tras y saber quien te sigue en sus primeros pasos del día. Comienza el espectáculo.
Me gusta observar a la gente en su mundo, no soy una persona muy observadora pero ver a la gente en su día a día con la naturalidad del que no sabe que le observan me parece un ejercicio sorprendente para comprender al ser humano. Quien dice comprender dice volver a dudar pero siempre sorprendente.
Hace un calor horrible en el vagón y el niño de enfrente atado a su carrito me mira inocente y cayado, tras un gesto de mi cara comienza a sonreír y agitarse en su trono de ruedas y cojines mulliditos. Con el moviendo pierde el chupete que cae al suelo como una hoja cae del árbol, sin ruido. La madre, una chica joven con pelo corto y cara poco cuidada no aprecia la perdida absorbida por la búsqueda del grial de Robert Landon. El niño me observa, me mira a los ojos con la valentía que solo puede tener aquel que aun no ha vivido mucho. Tengo la sensación de que puedo navegar en su iris azul lleno inocencia. Ya aprenderás a mirar de verdad, aprenderás a regalar la mirada que cada uno te reclame. Aprenderás a mirar con amor a aquella que no lo merezca y con desprecio a aquella que siempre te ha querido. Aprenderás a odiar con la mirada, a matar con la vista, a crear incertidumbre y miedo y a desear, desear como nunca creías que podrías hacerlo, desear mirando y desear ser mirado. Aprenderás que una mirada sirve para permanecer cayado y aprenderás a llorar por no poder seguir mirando. Pero por ahora conserva tu inocencia azul que al menos te sirve para que me decida a recogerte el chupete del suelo ante la sensación de que después de esos extraños gestos vienen los pucheros y el llanto y odio oír a un niño llorar.
Abro el libro que estoy leyendo ahora, el arte de la guerra de Sun Tzu, sus pequeños textos me permiten empezarlos y terminarlos en el tiempo que dura mi viaje en metro, 7 minutos exactamente, de Cuatro Caminos a Bilbao. Me hace gracia pensar que un chino hace 2500 años pudiera decir verdades tan rotundas aplicables a la vida de cada persona. <
Soy consultor comercial. Alguien se atreve a decirme que estas frases no están vigentes hoy.
Llego a mi parada, anden 1, Metro Bilbao, Salida Sagasta y como cada mañana en el banco metálico y frío esta sentado Santiago, en realidad no se como se llama pero un día decidí llamarlo Santiago y así me parece mas cercano, mas personal. Es un hombre de unos 80 años, tez pálida, mirada cansada, nariz afilada y con el poco pelo que le han ido dejando los días en su constante paseo otoñal. Siempre con chaqueta y corbata y un portafolios de cuero que nunca sabré lo que guarda.
Siempre esta allí sentado, esperando algo. Día tras día la misma situación. Al principio creí que el aburrimiento de la jubilación le habría llevado a levantarse temprano y saborear el ir y venir de los trenes con un regusto a senilidad que se quedaba en su mirada.
Un día decidí quedarme un poco observando. A los pocos minutos bajando por las escaleras del anden apareció una mujer, mayor, unos 70 años, pelo castaño permanentazo y agotado de tintes para esconder las nieves de la vejez. Presencia impecable y el maquillaje justo para disimular las arrugas justas de su edad. Él la mira y la sonríe y ella le devuelve la sonrisa con un “buenos días”. Se sienta a su lado y comienzan a hablar con la mirada al frente y dos pequeñas sonrisas que se escapan por las comisuras de los labios mezcla de bienestar y picardía. Llega un nuevo tren pero ninguno de los dos se mueve, continúan la conversación. Me gustaría saber que hablan. Como se conocieron. Que significa ese encuentro mañanero. Llevan tantos años en sus piernas y tantas historias que contar que se podrían pasar días sentados en ese frío banco narrando lo que la memoria les dejará recordar.
Santiago tiene la mirada cargada de historia, el blanco de sus ojos ha ido desapareciendo dando paso a un tenue amarrillo como las hojas de los libros con el transcurso del tiempo. Son millones de miradas dadas y recibidas. Miradas de odio en guerra, miradas de amor con el primer beso, ternura para sus hijos, su primer despido, su primer nieto, la jubilación, y esa lagrima que sale del ojo cuando un amigo se va. Millones y millones de recuerdo que se guardan en una mirada viva y cansada.
Llega un nuevo tren, ella se levanta, se despide con timidez y entra en el vagón, Santiago la sonríe y alza la mano al compás de la despedida. Baja su vista y espera la salida del tren.
Cuando todo el mundo ha salido se levanta y emprende el camino a la calle. Anden 1 Metro Bilbao salida Sagasta. El banco sigue siendo metálico pero ya no es frío.
Día tras día se repite la misma situación y eso me hace pensar que sigo vivo, que es un día más. El día que no venga Santiago cambiare de estación.
Paseo unas calles y saboreo en el Glou un café cargado, zumo de naranja y una barrita pintada de aceite sal y tomate. Ya tengo las energías y ahora toca trabajar. Respiro hondo……..10 horas de intensivo y productivo trabajo.
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Cae la tarde y lo que en invierno seria oscuridad y frío en calles llenas de gente corriendo para realizar las últimas compras del día, ahora se ha convertido en un desierto caluroso de fantasmas que deambulan buscando las primeras muestras del poco frescor que puede ofrecer una noche de agosto. Desde la ventana de la oficina, ya vacía, veo a dos chiquillos peleándose por una bolsa que no muestra tener nada.
Cuando todo el mundo se ha ido, los teléfonos dejan de sonar y el correo ya no es un goteo constante de mail y reclamaciones parece que la vida se para un momento. Enciendo un cigarro y disfruto de la sensación de hacer algo prohibido.
Es un buen momento para pensar.
Hoy no me apetece volver pronto a casa.
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Madrid en agosto ofrece el espacio justo a sus habitantes. Mientras la costa y la montaña sufren un overbuking agotador de hormigas desconectadas del día a día, Madrid abre sus puertas a la tranquilidad, al sosiego y al disfrute de unas sensaciones que se escapan en otros momentos entre humo, prisas y cotidianidad. Esta nueva situación solamente interrumpida por el ir y venir de turistas que ocupan las aceras quejándose del calor de la capital hace que pasear al caer la noche sea el momento de mayor libertad del día.
Las terrazas de los bares se van ocupando a mi paso y las cervezas con bravas o ali oli inundan sus mesas. Lo que antes eran corros de vecinos al pie de las casas distinguidos por barrios y calles, en sillas pequeñas y conversaciones de programa del corazón y toros, ahora se ha convertido en terrazas de veranos que entre tapas y tapas desmiembran el duro día de trabajo a los pies de un asfalto que ni en verano deja de sufrir el ir y venir de los vehículos.
Camino por Alberto Aguilera para torcer en Andrés Mellado, voy camino de la cama. No adivino mejor lugar para estar en este momento.
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Escondido de las calles principales en una pequeña plaza custodiada por grandes bloques y con dos entradas de escaleras de pequeños peldaños se encuentra “La Cama”, en mi opinión el mejor bar de Madrid, para la opinión general un bar de copas pequeño y sin encanto donde la única motivación real es el amor de su dueño por la buena conversación, la música española, las patatas con salsa perry y el conocimiento supremo del Ron. Hace tiempo que no paso por aquí, en un compromiso supremo con mi persona me prometí no tomar copas solo en los bares. Aunque pueda parecer que visitar los bares en solitario es imagen de romántico de fotograma en blanco y negro que ahoga el humo de su cigarro en un baso de ginebra mientras pide a Sam que la toque otra vez y ve como Ilsa Laslow se escapa en el ultimo avión. En realidad no es más que un síntoma de soledad, de héroe herido en su línea de flotación que consigue aguantar en pie gracias a la fijeza de la barra.
Antes siempre venia acompañado de Marco, nos gustaba conversar junto al ron, fútbol, música, política y en una lucha inconsciente por tener la razón nos hundíamos en una niebla etílica que no nos permitía otra cosa que escupir estupideces mientras pedíamos la penúltima, siempre la penúltima. Marco ya no estará aquí pero eso es otra historia.
Un Legendario con schweppes limón en vaso ancho y una rodaja de lima, no limón, lima, mucho más verde, mucho mas aromática e infinitamente mas sabrosa. Me tomo la copa mientras Tomas, el camarero incondicional, me acompaña en la conversación poniéndonos al día de los meses y meses de ausencia. Tras tres limas creo que es suficiente.
El taxi me deja en la puerta de mi estudio. Pongo la radio para escuchar a alguien antes de dormir y saboreo el gris de la monotonía mientras programo el despertador que mañana apagaré por tres veces.
Buenas noches princesa.